La más intensa y mejor exploración de todas

Testimonio del Trekking Crew 
Por Wendy Bautista Báez / Sirenita

¡La Mejor Exploración!

No podría decir cuántas veces repetí esta frase en el transcurso de esta ruta al Valle del Tetero desde Los Fríos: Ya fuera para mis adentros, mientras grababa algún video de una de tantas vistas impresionantes, contestando a cualquier pregunta o interrumpiendo uno que otro discurso solemne del Sensei, grabando sus videos.


Desde hace varios meses estoy participando casi exclusivamente en exploraciones, por todas las emociones que implica asumir un nuevo reto, enfrentarme a lo desconocido y dejar que la vida me sorprenda… ¡siento que me da nuevas energías! Adicionalmente, tengo la teoría de que en estos tiempos de pandemia se reduce el riesgo de contagio porque participan menos personas y… caramba, siendo las exploraciones regularmente desafiantes, es un poco más difícil que se cuele un afectado de salud teniendo que subir 200 metros de un tirón en una empinada cuesta.

A diferencia de otras experiencias, en esta ocasión la famosa retrospectiva que lo suaviza todo y que tanto menciono, no tuvo que actuar.


Realmente comencé a disfrutar en la ciudad desde los preparativos
, pensando en la decoración y el atuendo (que todos mis conocidos saben lo importante que es para mí) de fin de año y Año Nuevo… que no es lo mismo; saboreando de antemano la cena de fin de año prometida, el sancocho de regreso, seleccionando la música que iba a poner para cantar en el trayecto, fantaseando sobre las vistas descritas por el guía (que al final se quedó corto) y preparándome mentalmente para recorrer una distancia considerablemente mayor a la calculada de forma preliminar, sabiendo que cuando el guía decía “hay una subidita”, se requeriría de un esfuerzo “saca-hígado” para finalizarla.


Ya una vez iniciada la aventura, los buenos momentos no tuvieron pausa: conocer/reencontrar y compartir con gente súper buena vibra, el armado de la decoración de fin de año, las risas y baile (con sana distancia) esperando el Año Nuevo, la celebración a las doce haciendo caso omiso de los gruñidos de los prudentes campistas que decidieron acostarse temprano para madrugar al día siguiente… ”Ya habrá tiempo para el descanso, y será eterno”, es mi filosofía.


El primer día del año nos depararía una caminata que inició y concluyó con foco, a la luz de la luna. Antes de recorrer 500 metros, ya comenzamos a apreciar los regios paisajes del trayecto, en un derroche de colores, formas y texturas, complementado por la pureza y frescura del aire. Más de 2 horas de subida… ¿Pero qué importa, si cada paso nos llevaba a una sorpresa nueva, a un ángulo distinto para disfrutar de la misma maravilla? En resumen, hice como 150 fotos de la Presa de Sabana Yegua, por decir un ejemplo.


Y bueno, las siguientes horas del trayecto las definiría con una palabra: PLENITUD. Esa sensación de libertad del alma, que contrarresta el cansancio y el peso cargado. Precisamente en medio de esa sensación de plenitud, extasiada por las vistas, fue que accedí a un camino equivocado (que luego entendí era exclusivo de las vacas y caballos de la zona) del que me tomó 1.5 horas salir, no sin antes arrastrarme por peligrosas pendientes, prácticamente escalar, a veces sin la mochila, para evitar que su peso me hiciera caer en el precipicio. Pero nada, con la adrenalina haciendo su función y todos mis esfínteres súper apretados, logré llegar a un punto en que pude divisar a algunos compañeros y reanudar el trayecto, luego de confirmar a quienes me buscaban que todo estaba bien. 150 arañazos, 10 moretones y 4 km de camino mal andado después, ¡todo estaba bajo control!


Ese fue supuestamente el momento más difícil de esta aventura, pero para mí significó otra oportunidad más de forjar mi carácter, de no dejarme vencer por la adversidad, mantener la calma, respirar, reintentar y, sobre todo, ser beneficiaria una vez más de la solidaridad y nobleza de mis compañeros  y guías. Y, confirmando que todo obra para bien, ese retraso de una hora y media me permitió pasar en el momento y ángulo exactos en que se divisaba un esplendoroso arco iris al fondo del trillo que transitaba antes de comenzar a bajar al Valle del Tetero. Bien valió la pena el trance de horas anteriores con ese premio que me esperaba.

Después de ahí, a darle más velocidad a la caminata, para no llegar de noche: Objetivo NO LOGRADO… Pero bueno, lo que no te destruye, te fortalece. Refunfuñando porque los famosos 2 km restantes que decía el mapa no se acababan, después de haber recorrido, en mi mente, como 8 km, llegamos. La secuencia fue rápida: armado de casa de campaña, baño, cena, acostada… ¡no más! Sólo una breve interrupción para regocijarme cuando iba llegando el resto de compañeros a altas horas de la noche.


¿Y qué decir del día de descanso? Bueno, descanso para algunos, porque en mi caso siempre estuve en movimiento. Dicen que cuando uno va a morir por su mente desfilan los momentos más memorables y entrañables de su vida. Creo que las imágenes de ese día serán parte de ese último pensamiento. Cuánto reír, bailar, saltar, estirarnos, compartir, recorrer balnearios; pasar de un momento a otro de conversaciones superficiales a súper profundas; fascinarme con la expresión de los compañeros que nunca habían visitado el lugar cuando les mostraba alguna atracción interesante; dejar salir ese niño que llevamos dentro y hacer tantas locuras sanas en cada sitio visitado… las fotos y videos lo atestiguan.


La caminata de regreso fue precedida por la sorpresa al comprobar, al levantarnos a eso de las 3:00 am, que nuestras casas de campaña… ¡se habían congelado! Muchos tuvimos que hacer malabares para enrollar algunas partes y acomodarlas como se pudiera en la mochila, porque no se dejaban doblar. Las siguientes 12 horas fueron de caminata intensa, con pocas pausas y fotos, teniendo el firme propósito de llegar al campamento con la luz del sol, lo cual logré. Pero el trayecto no estuvo exento de bromas, complicidad, charlas, quejas y risas mezcladas, y por supuesto, una pequeña extraviadita cuya responsabilidad mis compañeros insisten adjudicarme, pero sé que también hubieran sido seducidos por ese trillo recto de bajada que nos desviaba del correcto camino de subida y lleno de maleza. ¡Con orgullo cargo con la culpa!


Y si acaso no hubiera sido suficiente todo lo vivido, coronar esas horas extenuantes con el sancocho con más carne y más sabroso que he comido en mi vida, ya es un derroche que debería ser penado por la ley. ¡¡¡¡Mucho con demasiado!!!!

Y volviendo a la retrospectiva, me pregunto, por qué considero esta mi mejor experiencia de backpacking, de las tantas que he tenido:
  • ¿Habrá sido el trayecto, pródigo en vistas alucinantes, majestuosas y serenas, que llegaban como premio luego de alguna agotadora subida o como aliciente para continuar por trillos, bordeando escarpadas pendientes?
  • ¿Habrá sido la satisfacción de superar este nuevo reto, caminando por más de 12 horas, la mayor distancia que he recorrido hasta ahora en un día (más de 25 km, pues me perdí, jajaja), manteniendo la esperanza en que todo estaría bien al final?  Y no… no fue así: ¡estuvo MUCHO MEJORRRR de lo que imaginé!
  • ¿Será que con todas las restricciones a raíz de la pandemia valoro más reencontrarme con gente querida, compartir con los nuevos conocidos, saborear la nobleza siempre manifiesta en el diálogo con los lugareños y guías y… hasta el saludo con un codazo?
  • ¿Será que cada vez soy más consciente del valor de la risa compartida, las locuras que me permito (e incito) cometer con la complicidad de mis compañeros, de su resignación (más que aceptación) ante el volumen de mi canto o mis chistes malos?
  • ¿Será que fue mucho el contraste entre mi idea inicial de hacer este viaje para no pasar un fin de año “no tan malo”,  y terminar teniendo uno de los fines/inicio de año más memorables en el medio de la nada?

Puede que la razón sea una combinación de todos estos factores y otras cosas más que no atino a verbalizar. Lo que sí doy por seguro es que cada experiencia en la montaña, y especialmente ésta, es una nueva lección de humildad, un llamado silencioso pero potente a apreciar y disfrutar las pequeñas cosas y ser capaz de deleitarme con los placeres sencillos, compartirlos con el resto y, sobre todo, experimentar el milagro de ver expandirse límites autoimpuestos y, en algunos casos, desintegrarse... disfrutando el proceso.


Es un sendero demandante… no mentiré. Pero con la adecuada preparación está a la mano de todos. Es cuestión de asumir el reto, fijarse expectativas realistas, prepararse mental y físicamente (unos cuantos miles de sentadillas previas no hacen mal, jajaja), conocer tu ritmo óptimo y hacer las paces con los sentimientos oscuros que emanan de tu alma cuando alguien se te adelanta (el campamento no se va a mover de sitio… lo importante es llegar). Finalmente, mantener la actitud positiva, pues cada trance tiene su enseñanza; y sobre todo, NUNCA,  NUNCA dejar que muera la curiosidad y la apertura a dejar que la naturaleza y la vida te sorprendan… si estás alerta y receptivo, cosas maravillosas sucederán ante la mirada cómplice del entorno mágico que transitamos. #AcamparEsFacil

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